Santo Nombre de María

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Santo Nombre de María, 12 de septiembre

La festividad del Santo Nombre de María se autorizó por primera vez en Cuenca en 1513, aunque probablemente sea más antigua. Desde Cuenca, se fue extendiendo la celebración por toda España y, posteriormente fue llevada por todo el mundo por los Padres Trinitarios.

La última cruzada, el croissant y el Santo Nombre de María

Durante el reinado de Soleimán el Magnífico, el imperio otomano se expandió por Europa llegando a conquistar gran parte de Hungría. Esta expansión se frenó en 1529 cuando su asedió a Viena fracasó al llegar en ayuda del Archiduque Fernando de Austria, tropas europeas entre las que destacaron los lansquenetes alemanes y los arcabuceros españoles.

Los turcos fueron perdiendo poder paulatinamente hasta que con Mehmet IV tuvieron un breve florecimiento al triunfar en varias campañas militares y comenzaron de nuevo su expansión por Europa.

En 1673 un ejército de 30.000 polacos  debía enfrentarse contra un ejército turco de más de 70.000. Este pequeño ejército liderado por Juan Sobieski se arrodilló en la nieve para rezar a la Virgen de Czestochowa, consiguiendo una gran victoria en esta batalla llamada de Chocim.

Sin embargo, esta batalla no detuvo el afán de conquista del Imperio Otomano y diez años después, el ejército otomano al mando del gran visir Kara Mustafá asediaba la ciudad de Viena. Juan Sobieski, que había sido coronado rey de Polonia, acudió en ayuda de la ciudad con un ejército de polacos, austríacos y alemanes, venciendo a los turcos el 12 de septiembre de 1683.

Para celebrar esta batalla, los pasteleros vieneses realizaron unos bollitos con forma de media luna (símbolo musulmán) que tras su paso por Francia hoy conocemos como croissants.

Por su parte, el Papa Inocencio XI admitió en la iglesia de occidente la festividad del Santo Nombre de María como acción de gracias por estas victorias.

Oración para invocar el Santo Nombre de María

¡Madre de Dios y Madre mía María! Yo no soy digno de pronunciar tu nombre; pero tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro tu santo y poderoso nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir.

¡Dulce Madre, María! haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida. No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame. Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar; ¡María! Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora, para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado: “¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” ¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en ti! Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este nombre tan dulce, tan amable y poderoso.

Señora, no me contento con sólo pronunciar tu nombre; quiero que tu amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con san Anselmo: “¡Oh nombre de la Madre de Dios, tú eres el amor mío!” Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros nombres salvadores. Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros nombres adorados.

Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concédeme entonces la gracia de deciros: “Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.

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